jueves, 17 de mayo de 2012

De zorros, ardillas, obreros y casas victorianas

Al leer el título de este post seguro que os preguntáis que tendrá que ver una ardilla con un obrero o un zorro con una casa victoriana. Pues tiene que ver, todo tiene que ver, como bien demostró el cómico que más me hace reir últimamente, el gran Dani Rovira. Que los dos seamos malagueños no es más que mero fruto de la casualidad, no por ello me debe hacer reir más o menos.

El genial Dani Rovira demostró que el tocino tiene que ver con la velocidad y yo os puedo decir que todo esto tiene relación. Todo se puede resumir en cuatro palabras: mi camino al trabajo. Durante cinco meses dicho camino era una odisea: 12 minutos andando, 45 en autobús, 30 andando y c'est fini, que ya estaba bien. Sin embargo, desde principios de este mes me he mudado a siete minutos andando del curro. Podéis pensar que vivo como una marquesa y tal y cual. Tengo mucha suerte, lo asumo, porque además también es un buen barrio, uno de esos llenos de casas victorianas en los que los niños van al cole uniformados a lo Harry Potter, aunque sin túnica, y las niñas llevan esos sombreritos tan graciosos como aquel que llevaba la pequeña Madeleine en esos dibujitos animados tan antiguos. ¿Recordáis? En fin, que ya quisiera yo vivir en una de esas casas. O no, porque tampoco me convence del todo eso de tener entre cuaro y cinco pisos; demasiadas escaleras para mi vagueza.



Siento irme por las ramas. Íbamos por que vivo al lado del curro. Eso es. Pero bueno, por las mañanas sigo teniendo que andar mis 30 minutitos antes de llegar al lugar de trabajo. Ya os explicaré el por qué otro día, no me liéis. Ahora me lo tomo como algo saludable, la verdad. Me viene bien. Y además, el cambiar de camino me sirve para dejar de aborrecer la famosísima Portobello Road, donde está el mercadillo de Notting Hill. ¿Que por qué la llegué a aborrecer? Fácil explicación, porque tenía que recorrerla todos los días de arriba a abajo -más bien de abajo a arriba-.

La cuestión es que durante ese camino al trabajo, ahora hablo del nuevo, suelo pensar mucho. Antes me llevaba el iPod y la música me hacía cantar -para mis adentros la mayoría de veces-, con lo que no pensaba demasiado. De ahí creo que salen muchas de las ideas de las que escribo, la verdad. Mi cabeza da para mucho en media hora caminando, no lo niego. Hagamos un nuevo alto aquí y es que últimamente he vuelto a recuperar el iPod -básicamente porque me he acordado de cargar la batería-. No obstante, sigo siendo una gran pensadora.

Imaginadme entonces, a mí y a mis pensamientos, por una calle infinita, llamada Elgin Crescent, rodeada de las famosas casas victorianas y con mucho frío, que aquí por la mañana siguen haciendo unos 6 grados. La verdad es que me pasa de todo por el camino. Los obreros de aquellas casas que están en remodelación, que como esta gente es pija cada dos por tres te encuentras una casa en obras, ya me conocen y algunos hasta me saludan. Deben pensar: mira ahí está la del abrigo rojo... Espero que sólo piensen eso.

Ya han aparecido las casas y los obreros, así que vamos ahora con el mundo animal. Primero de todo, empecemos con algo más normal: perros. Resulta que esta misma mañana me he cruzado con tres perros en Elgin Crescent. Un chuchillo monísimo que andaba dando ligeros saltitos y los otros dos, uno grande no sé qué raza -seamos claros: no entiendo de perros- y el otro un bulldog francés de esos que me hacen tanta gracia. Lo raro es que a ambos dos los he pillado en su momento más íntimo. Podríamos decir que estaban haciendo sus necesidades, o aguas mayores, pero la cuestión es que no dejaban de estar cagando, seamos claros. Y lo más raro es que ambos se me han quedado mirando. Yo creo que me voy a hacer famosa en el barrio y ya mismo hasta los perros me saludarán, pero lo cierto es que ha sido una forma bastante extraña de comenzar el día.

Aunque más raro fue el día que descubrí que una de esas casas enormes tiene en su jardín una escultura de un gorila gigante. ¿Un gorila, para qué? A menos que sea Sigourney Weaver la persona que vive ahí, no le encuentro ninguno sentido. Pero la cosa no quedó ahí. Ese mismo día un zorro me adelantó por la izquierda, se cruzó delante mía y siguió su camino por una calle colindante. Era precioso, aunque reconozco que me dio cosilla verlo tan cerca. Resulta que aquí en Londres es de lo más normal ver zorros y en Tooting, mi antiguo barrio, todo el mundo veía alguno a la semana menos yo, que únicamente vi uno de lejos. Allí tenía más sentido porque había un bosque cercano, pero nunca pensé que vería uno campando a sus anchas por Holland Park. Y no contenta con eso, luego llegó el momento ardilla. Esas tan graciosas que se ven en tantísimos parques londinenses. Esta vez salió debajo de un coche, cruzó la carretera tranquilamente -mirando a ambos lados, por cierto- para terminar en el jardín de una de estas lujosas casas, la del gorila precisamente.

Ya que yo nunca he sido muy de animales -descansa en paz querida Marilyn y querido Wanda- la cuestión ahora es: ¿los animales ingleses tratan de mandarme alguna señal? ¿Debería comprarme un perro o un gorila? Cuando lo descubra, os lo haré saber.

1 comentario:

  1. "Mira, ahí está la del abrigo rojo" . . . ya sabemos todos que eso es lo que piensan los obreros... eso y no otra cosa.

    P.d.: los bulldogs franceses son horribles (aunque los americanos son también mu feos, pero tienen carisma) :) y no te digo ná si los pillas cagando.

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