domingo, 20 de mayo de 2012

El calcetín

Normalmente tengo muchas ideas sobre las que comenzar a escribir, con lo que frecuentemente antes de redactar como una loca mientras las palabras salen solas, es habitual que guarde un par de entradas con ideas que servirán para próximos post. Pero hoy no ha sido el caso. Tengo una idea en la cabeza, clarísima. La que da título al post de hoy, pero tengo que llegar a ella. De cualquier otra manera parecería un chiste sin más. Así que no me ha quedado otra que enfrentarme a la tan temida -por escritores y periodistas- PÁGINA EN BLANCO. Y es la desesperación lo que me hace escribirlo en mayúsculas, porque realmente esos momentos previos a que las palabras fluyan solas es realmente duro.

Es curioso como de repente las palabras empiezan a fluir y no puedo parar de teclear. Me pregunto cómo será el proceso. Que parte del cerebro de repente reacciona y hace que todo salga sin más y tenga sentido. Desafortunadamente no siempre tiene mucho sentido, pero dejémoslo ahí que bien bonita me había quedado la explicación.

¿Pero por qué hablaría yo hoy de un calcetín? Ya sabéis, o deberíais, que cosas absurdas me ocurren casi todos los días en este país y que en ocasiones, más de las que me gustaría, meto la pata. De forma graciosa en numerosas ocasiones, sí, pero meteduras de pata igualmente. Pues bien, hoy me han ocurrido las dos cosas juntas en el trabajo. Algo que, por otra parte, tampoco es tan raro; me refiero a esa combinación de absurdez y meteduras de pata por mi parte. Pero lo de hoy... Hacía tiempo que no me reía tanto sintiendo tanta vergüenza al mismo tiempo.

Todo comienza conmigo llevándole la cuenta a un cliente, en esta ocasión se trataba de dos hombres de unos treinta y tantos que vienen a mi trabajo a almorzar de vez en cuando. Lo cierto es que llevaban tiempo sin aparecer por allí pero yo soy muy buena con las caras, lo que me sirve para saber a quién tengo que tratar de forma más familiar y quién es nuevo.

Dos huevos revueltos con bacon, un capuccino, una porción de tarta de zanahorias y un flapjack después, ahí que voy yo a llevarles la cuenta a los susodichos, 19,55 £ para ser más precisos, -¿por qué tendré tan buena memoria para unas cosas y tan mala para otras?- cuando de repente miro al suelo, al lado de uno de los clientes y veo un calcetín. Por supuesto el calcetín, que era oscuro y con rayas grises, no estaba de cualquier manera. Estaba enrollado, como si alguien acabara de quitárselo. Ingenua de mi lo primero que pienso es en una de las clientas que ha tenido una pedicura. Sinceramente es lo que más sentido tiene en un salón de belleza.

Creo que aquí es necesario abrir un paréntesis, y uno bien grande. Sí, soy camarera y sí trabajo en un salón de belleza -más bien es un spa pero sin ningún tratamiento acuático-. La cuestión es que esto es Inglaterra y no me ha quedado más remedio que dejar de darle vueltas a por qué ciertas cosas son así. ¿Por qué se le llama spa si no tiene agua? Porque esto es Inglaterra. ¿Por qué soy camarera allí? Porque hay una cocina pequeñita y pueden comer clientas, gente de fuera o gente que se lleve la comida take away. Y, ¿por qué? No hay que darle vueltas, esto es Inglaterra. 

Así pues, descifrado el enigma, puedo volver con la historia del calcetín. De forma inocente pero inglesa -lo que significa que exageré el tono de mi voz, especialmente los agudos, considerablemente- me apresuro a decir: -'¡Dios mío! ¿Es eso un calcetín? ¿Por qué hay un calcetín debajo de mi mesa?' Acto seguido los chicos miran para el suelo y yo me agacho a desenrollar el calcetín mientras sigo diciendo expresiones y tonterías sin sentido que en inglés quedan bien pero en español no usaría en la vida, como lo de 'Dios mío'... De repente el joven sentado al lado del calcetín dice en voz baja: -'Ummmm, sí es un calcetín y me temo que es mío, tengo que reconocerlo. No me preguntes el por qué pero es mi calcetín'. 

Durante una milésima de segundo que parecía eterna se hizo el silencio. Y muerta de vergüenza me disculpé con el hombre, como si dejar calcetines usados por ahí fuera lo más normal del mundo, y le devolví el calcetín. Imaginadme colorada como un tomate y conteniendo la risa, algo que dejé de hacer en cuanto el amigo del Sr. Calcetín comenzó a reirse y a decirme que no había explicación, que su amigo es así. Así pues me di la vuelta sonriendo mientras el hombre en cuestión guardaba su calcetín de la vergüenza en el bolsillo del abrigo, de donde probablemente había salido. Y como no podía ser de otra manera en cuanto he encontrado un sitio donde nadie pudiera verme, le he contado toda la historia a mi compañera Orsy -la cocinera. Creedme, si ella acostumbra a reirse bastante con mis cosas, lo de hoy podría entrar en el top ten. De hecho, ha sido quien me ha dicho que cuando contara esta historia, el título tendría que ser 'El calcetín'.

Cosas que pasan estando en UK. Lo que me recuerda, ya que hablamos de pies, que mañana, último día de curro antes de volar a Málaga, tengo una pedicura. Pero no penséis que voy a pagar por ella, que mi spa sin agua es algo lujoso y no me lo puedo permitir a pesar de que gente como el Sr. Calcetín me deje buenas propinas. En fin, es lo que tiene mi trabajo. De vez en cuando tengo oportunidades así. Aunque he de confesar que es la primera vez que me ofrecen ser el conejillo de indias de una chica que está en pruebas...

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