miércoles, 30 de mayo de 2012

Glamour en tonos ocre

Si os pensábais que ya no iba a escribir más, estáis muy equivocados. Sigo vivita y coleando. Mi terapia sigue en pie. ¿Qué es lo que ha pasado en este tiempo? Muy sencillo: ¡vacaciones! Ya os comenté algo sobre mis expectativas y de verdad que pensaba escribir durante esta semanita de relax en mi soleada tierra pero ha sido imposible. Es lo que pasa cuando vives lejos, que todo el mundo quiere verte, quieres ver a todo el mundo... Y la consecuencia es que mañana llegaré a Londres más cansada de lo que vine. Evidentemente, en este tiempo mi cerebro no ha dejado de dar vueltas y plantear diferentes ideas, algunas tontas, otras geniales -he de reconocer-. Lo importante es que sigue a pleno rendimiento y yo necesito soltar todo esto en algún sitio. Así las cosas, aquí me hallo, en la tierra que me vio nacer hace ya 26 años -no me lo creo ni yo- y la que me ha visto crecer, disfrutar y aprender durante esos mismo años. Recordemos que aún no llevo mucho tiempo como emigrante. Me fui con los 26 ya cumplidos y aún sigo en ellos, aunque no por mucho tiempo... Eso sí, ya que me queda poco tiempo o nada para estar en mi Málaga me he decidido a retomar un post que comencé hace cinco días en un huequillo entre planes, lo que hizo que no pudiera terminarlo. Así pues retomo,  transformo y continúo este post la última noche que paso en mi cama de ¿soltera, single, sin pareja? Como quiera que se explique mi situación.

Pero hablemos de cosas interesantes. Ha sido tiempo de mar, de sal, de olor a espetitos de sardinas, de reencuentros. ¿Qué puedo decir ahora? Sólo se me ocurre eso de: ¡Qué bien se está de vacaciones! ¡Esto sí que es vida! Frases típicas pero que ahora que, desgraciadamente, es la primera vez que tengo vacaciones pagadas -no hace falta que os hable de la triste vida del becario en la que he pasado algo más de dos años de mi vida...- tienen más sentido que nunca. Como buena guiri, aun en mi tierra pero guiri -y guiri profunda me atrevería a decir- ya estoy quemada. No en plan 'gamba' como se ven a los guiris en Málaga, pero digamos que estoy quemada 'a la Irene', o lo que es lo mismo, a cachos. Tengo quemada la parte superior de la barriga, debajo del pecho, la espalda a trozos -con la marca blanca del pelo y del biquini, algo que no entiendo porque estuve tres minutos con el pelo sin recoger y el biquini abrochado- y, cómo no, el surquito de una axila. Digo 'cómo no' no porque me queme todos los años esa parte sino porque siempre cae alguna parte extraña como el empeine de algún pie, las rodillas o las corvas.

En cualquier caso, he de confesar que a la playa sólo pude ir un día. Tanta expectativa para nada. Eso sí, un día maravilloso con mi amiga Mariquilla en el que nos fuimos a lo pijo, a tomar el sol en hamaquitas y comer en un chiringuito. Mari y yo somos muy problemáticas cuando vamos a comer pescado y es que siempre pedimos de más, sobra comida y tenemos que rebuscar hasta el último bolsillo escondido del bolso para pagar la cuenta. Eso sí, aunque siempre hemos tenido suficiente, puede que esta última vez haya sido la peor, la de mayor sufrimiento. Después de una jarra de tinto con Casera, espetitos de sardinas, calamares, gambas rebozadas, boquerones y dos cafés con hielo -el mío con un chorreón de Baileys que hizo que el señor camarero reafirmara mi petición como: 'Aham, un carajillo de Baileys con hielo...' y yo me sintiera un viejo borrachuzo de los que van al bar del barrio a las diez de la mañana- me quedé con un botón en la cartera y una llave de candado de maleta. Eso sí, no pongáis el grito en el cielo. Mari quedó algo mejor: dos agujas y dos céntimos. Ahora que leo ésto me doy cuenta de que podría haber cosido el botón de mi abrigo rojo, que para eso lo llevo en la cartera: para acordarme de que tengo que coserlo, aunque el pobre lleve ahí unos cuatro meses...

Y ¿por qué no he ido más a la playa? Porque tenía que hacer muchísimas cosas. Ir a la peluquería a sanearme el pelo y de paso taparme esas canas que ya mismo me harán sentir como los típicos viejos que van al bar del barrio a las diez de la mañana, ver a mi amigo Osete, ver a mis niñas del periódico, estar con mi familia, con la familia de Javi, ir al fisioterapeuta, recoger mi título de la universidad -aunque en estos tiempos no sirva de nada-, ir de compras... En fin, un montón de cosas que cualquiera diría que me ha dado tiempo a hacer en una semana, porque en algunas he hecho hasta doblete. Así que aquí estoy hoy ya con la maleta hecha, reventada y ni blanca ni morena. Si mi color de piel en Londres pasó a ser amarillento, puede que ahora regrese un par de tonalidades más oscura. Y todo porque, después de tanto estrés, decidí que hoy no estaría para nadie, o para casi nadie. Ha sido un día de piscina estupendo en la casa de mi hermana que me ha servido para volver a retomar el contacto con el sol y para que mañana pise suelo londinense con máximo glamour, como las estrellas de Hollywood. Eso sí, algo más cansada, estresada y con un nuevo tono de piel pajizo tirando a ocre. ¿Quién sabe? ¡Lo mismo lo convierto en la última sensación londinensa!

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