sábado, 16 de junio de 2012

De vitaminas y excursiones

La flojera me invade hoy... Acabo de levantarme hace cosa de una hora. Sí, a la una de la tarde. Y eso que traté de hacerlo entre 9.30 y 10h. aprovechando que Javi se levantaba para ir a trabajar. Pero no hubo manera. Puede que uno de los motivos sea la ventolera que hacía, y que sigue haciendo, en la calle; totalmente palpable en mi habitación, como si no hubiera pared ni ventanas de por medio, como si estuviera durmiendo en la calle, vamos. Es escucharla y se me quitan las ganas de todo, me entra la pereza y sólo quiero quedarme en la cama tranquilita. Y eso que tenía planes para hoy...

Puede que sea eso o puede que sea que necesite más vitaminas, nunca se sabe. Sí, Sí. Me estoy inglesando por momentos. Aquí todo el mundo toma vitaminas como complemento alimenticio. Hay de todo y, lo mejor, en cualquier lado. Lo mismo las encuentras en las farmacias que en los supermercados o tiendas de veinte duros -llamadas 'poundland', evidentemente-. También en estas tiendas y en los súper puedes encontrar todo tipo de medicinas para las que no necesitas receta médica... Todo un enigma cómo funcionan aquí las cosas, sí señor. Al principio es algo chocante pero ya me he acostumbrado. Y de hecho, desde hace ya unos meses, soy consumidora habitual de vitaminas. Ahora compro las del Morrisons -mi supermercado de cabecera desde la mudanza- y es que también existen las marcas blancas en el mundo de las vitaminas. Las que yo tomo son una pastilla de vitamina C y otra de multivitaminas más hierro. Ahí lo llevas... Ya mismo llegarán a Mercadona de la mano de Hacendado, no os extrañéis. Os puede parecer una tontería, a vosotros los mente española, pero lo cierto es que desde que las tomo no me he vuelto a resfriar, que desde que llegué a London pasé por resfriados varios y dos gripazos que me dejaron sin voz. Así pues me declaro fan número uno de las vitaminas. Deberíais probrar.

Mi amiga Orsy del curro toma tantas vitaminas -su marido disfruta yendo a comprarlas no se sabe por qué razón- que las traía al trabajo en un tupper pequeño para tomarlas con el desayuno. Así pues, como le encanta el pastillero que yo tengo -uno monísimo con un cuadro de Klimt que me regaló mi madre-, decidí traerle uno de España cuando fui a finales de mayo. Y vaya si le gustó: flipando se quedó. Ella, el marido y más compañeras de trabajo. Se ve que aquí no es muy habitual eso de los pastilleros y en Hungría menos porque me dijo que su marido le comentó que cuán inteligentes éramos los españoles para haber inventado una cajita donde llevar las pastillas. Yo ya le dije que a mi madre le encantan y que ha habido otros países de los que hemos recorrido -a mi familia y a mi nos encanta viajar, he de decir- donde los hemos visto y comprado como recuerdo para amistades. Pero ella dice que en Hungría no hay y siguió disfrutando como una niña pequeña con un caramelo.

Antes de que me olvide. No sabéis lo que descubrí ayer de camino a Portobello Road para encontrarme con mi amiga Bárbara... ¡¡¡El gorila ha desaparecido!!! Me dio hasta pena a la par que cosilla; los pelos se me pusieron de punta no fuera a ser que me lo encontrara en un sitio inesperado y me asustara, pero no. Ni rastro. Gracias a Dios, o a quien esté ahí arriba si es que hay alguien, yo le hice una foto hace semanas para que mis padres lo vieran, así que os la pongo aquí. Os presento al gorila de Elgin Crescent. Que conste que no puse antes la foto porque tampoco se veía muy bien, el gorila es tan negro que costaba visualizarlo. Ahora con unos retoques que dejan la foto bastante quemada lo podréis ver mejor. ¿Qué me decís? ¿Es impactante o no?...

Pues yo no sé por qué motivo pero siempre que lo veo también veo una ardilla. La de ayer la vi camino a casa después de pasar el día con Bárbara comiendo y andando, así se puede resumir. Nos plantamos en Sloan Square para que yo echara algunos CVs y terminamos en High Street Kensington, todo a patita.  Fue una mañana muy provechosa y de muchas risas, sobre todo cuando a siete pasos literales de la parada de metro de Notting Hill nos cayó un vendaval de agua que dio la vuelta al paraguas y en cuestión de treinta segundo nos dejó sopa. Y al final, a eso de las cinco y media de la tarde cuando volvía a casa me encuentro una ardilla jugueteando en las ruedas de un coche. La pobre se asustó con el ruido de mis zapatos y comenzó a andar más rápido hasta que terminó introduciéndose en el parque. Eso sí, me dio tiempo a cazarla con el móvil. Ahí os la dejo, retratada durante su huída.


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