domingo, 15 de julio de 2012

"Clavaíta" a mi madre

Cuando las niñas pasan a ser adolescentes -no hablo del género masculino porque en este sentido no sé como funciona- se produce un cambio, una chispita que se enciende en su interior o un no sé qué -básicamente no encuentro una explicación- que hace que cada vez que se enfadan con sus madres por la más absurda de las razones, aunque algunas veces sea por algo serio y con un motivo aparente, deseen no ser como ellas nunca jamás. A mí al menos me pasó en mi adolescencia en muchas ocasiones y estoy segura de que le ha pasado al 99% de las mujeres, probablemente a mi madre también le pasara con mi abuela...

Son cosas de adolescentes, cosas de madres e hijas, cosas que son así porque sí y no hay que darle más vueltas. No significa que madres e hijas no se quieran, ni que se quieran más o menos, es simplemente algo que ocurre; una etapa más por la que todas pasamos y que nos ayuda en nuestro desarrollo -imagino yo, vamos-. Pero, ¡ay! cuán equivocadas estamos... Los genes son los genes y están ahí. Evidentemente unas tenemos más cosas de nuestras madres que otras, pero todas tenemos algo. Y yo... yo cada vez soy más parecida a mi Concha (por favor, si algún argentino me está leyendo que tenga en cuenta que Concha es el nombre de mi madre). Lo cierto es que a mi madre todo el mundo le dice Conchi pero mi hermana y yo soy mucho de decirle Conchita y Concha... ya sabéis, esas cosas entre padres e hijos.

La verdad es que yo siempre me he parecido a mi madre, aunque pasara por esa época rebelde de "nunca seré como ella". Físicamente nos parecemos mucho y en el carácter también, aunque el carácter sí que lo tengo más mezclado entre padre y madre. Algo en común con mi padre y que a la gente le hace mucha gracia es la soltura que tengo para hablar de todo, todo -incluído de guarrerías, sexo o lo que sea-. Y es que, como él, pienso que hay que hablar de todo y no avergonzarse de nada ni tener tabúes en la vida, que la vida ya tiene bastantes por sí sola.

En cuanto a mi madre tengo una serie de pequeños detalles que me hacen mucha gracia cuando pienso en lo parecidas que somos en ciertos aspectos. Por ejemplo, ambas nos quitamos los pellejitos de los labios, pero no como todo el mundo con sus propios dientes... No, no, no. Nosotras vamos al dolor y la sangre, a tirar de los pellejos con las uñas y dejarnos la boca casi en carne viva. Que luego yo cuando me paso la lengua por encima pienso: 'Oh, que piel tan suavita', pero cuando me miro en el espejo y veo la que he liado es otro cantar... Con este problema tenemos una lucha eterna la Concha y yo -al igual que con el adelgazamiento, que tendremos que estar toda la vida empezando y dejando dietas-, con nosotras mismas, entre nosotras y con aquellos que nos rodean. Mi padre y mi hermana siempre nos han regañado cuando nos han pillado, porque lo hacemos sin darnos cuenta, no sé si es algo nervioso o lo que será, pero realmente me doy cuenta cuando ya he empezado. Y ahora conmigo la lucha la tiene Javi... Bueno, mis padres por Skype también me regañan según cómo me vean los labios.

También me hace gracia nuestra temperatura corporal. Es especial, lógicamente. Mi madre es la más calurosa del planeta pero en épocas de frío también puede llegar a ser muy friolera. Ahora que lo pienso este no es buen ejemplo porque con la menopausia, ya puede estar Málaga a cero grados que como a mi madre le de un subidón -como ella dice- se pone a sudar y saca el abanico. Pero bueno, yo sigo a lo mío, porque menopausias a parte -la de mi madre, a mi aún me queda lo mío...- se podría decir que las dos somos extremistas. Yo más que ella, eso sí. En invierno siempre tengo mucho frío y en verano muchísima calor. Evidentemente esto último también ha cambiado porque aquí en London parece que el verano no existe. Y eso sí, las dos siempre nos estamos quejando sobre la temperatura ambiente porque nunca -jamás- nos viene bien.

Y ahora viene lo de los zapatos, porque mi madre es la persona más especial del mundo para comprar zapatos. Como yo le digo, ella siempre quiere unos zapatos que no existen o no se llevan: no pueden ser planos, no pueden ser de tacón alto y tienen que llevar un poquito de plataforma en la parte delantera, pero la justa, no demasiado. Y por supuesto, tienen que ser cómodos, que le gusten y tal. Pues bien, desde que tuve la fascitis plantar yo también me he convertido en un rollo comprando zapatos, llega a ser molesto para mí misma porque me encantan los zapatos y no me puedo comprar casi ninguno. Y es que el médico me dijo que me olvidara de zapatos totalmente planos, de los tacones -sólo para ocasiones especiales, dijo- y de los zapatos estrechos -donde van incluídas las Converse-. Lo que me deja en zapatos de cuña, y si tienen algo de plataforma delantera mejor... Esto último lo añado yo porque he comprobado que son mucho más cómodos y menos molestos. (Suspiros...) ¡Soy como mi madre!

Pero sin duda alguna lo que más gracia me ha hecho de todo este asunto y lo que me ha hecho escribir este post, dedicado a mi Conchita, es algo de lo más peculiar que me pasó el otro día por primera vez y ya se lo había escuchado a mi madre en varias ocasiones, con la consiguiente carcajada mía. Resulta que mi madre, que es de vestir bien y usar zapatos con calcetines de media, no acostumbra a usar tenis -palabra malagueña para nombrar las zapatillas deportivas-. Pero la pobre se ve obligada a usar este calzado cuando viaja, ya que el turista es de andar mucho. Pues bien, como mi familia, que es gran viajera, también suele escaparse a algún que otro país en verano, mi madre se aficionó a los calcetines tobilleros para ponérselos con los tenis. Evidentemente, son más fresquitos, como ella diría. Pero desde hace un par de años para acá, siempre tiene el mismo problema: cuando va andando el calcetín se le va cayendo, como si quisiera salirse, como si entre el pie y el teni se estuvieran comiendo los calcetines... Mira que es algo complicado... pues a ella le pasa. Y lo peor, la semana pasada yendo al trabajo con mis calcetines tobilleros, también me pasó a mí... Y fue en ese preciso momento, andando sola por la calle a las ocho de la mañana cuando, mientras mis pies y mis tenis se iban comiendo mis calcetines, no pude evitar reirme al pensar que soy clavaíta a mi madre. Será nuestra forma de andar, será algo en los pies, será que somos especiales y diferentes -que sé que lo somos-, no sé lo que será pero en ese momento me sentí más cerca de ella. ¡Ya tenemos algo más en común, Conchita!

2 comentarios:

  1. Te imagino andando por la calle riéndote tú sola mirándote los pies, observando como los calcetines iban desapareciendo en pos de conocer nuevos y recónditos mundos dentro de tus tenis.

    Yo también he ido descubriendo cosas así con mi padre y mi madre, parecidos en cosas del día a día... q miedito!

    p.d.: que tú hablas de todo? no se de lo que estás hablando! XD

    un muack londinensa!

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    Respuestas
    1. jajajaja! imagíname! primero extrañada con lo que me estaba pasando, luego alucinando y luego meaíta de risa yo sola... si es que...

      Un besazo, little Champs!

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