sábado, 17 de noviembre de 2012

El país de las viejitas de cuento

El otro día fui testigo de una escena de lo más graciosa, a la par que 'disgusting' -asqueroso/a en castellano- en la puerta de un 'paki' -tienda regentada por 'pakis', del mismo modo que en Spain decimos que vamos "a los chinos"-. La escena en cuestión estaba protagonizada por una anciana. Y eso me hizo pensar en lo diferentes que son las personas mayores en un país y en otro. Lo mismo me equivoco, pero por lo general, aquí las personas mayores siguen haciendo mucha vida en la calle, mientras que allí son más de andar por casa. También es cierto que los tiempos están cambiando y en España cada vez los ancianos tiran más al clásico "apuntarse a un bombardeo", siempre y cuando la salud lo permita, obviamente. La cuestión es que aquí es más común verlos activos, por decirlo de algún modo, y llevan su vida social más allá del barrio. Y repito que hablo en general. Hay muchas excepciones, y con el tiempo habrá cada vez más; cosa que me parece estupenda.

Por poner un ejemplo, a mi spa viene una señora que andará cerca de los ochenta años. Está estupendamente, es algo lentilla en sus movimientos, pero es normal con la edad. Siempre lleva falda y le gusta combinar colores, no cantosos la verdad, pero lo mismo combina colores claros que oscuros. Lo mejor de todo es que sigue conservando una larga melena, muy bien arreglada siempre y, eso sí, en tonos grisáceos. La señora es un puntazo. Con su perfecto inglés es muy educada aunque puede que demasiado exigente. Requiere que se esté muy pendiente de ella, no porque le haga falta sino porque le gusta. Y ella entra y sale como una jovencita. Se ve mucho con una amiga muy larguilucha y de melena recta y lisa -muy del estilo de la periodista Ana Blanco- pero, eso sí, de un color blanco impoluto. De vez en cuando la señora, llamémosla Margaret, porque la verdad es que no sé su nombre pero le pega algo así- viene con un hombre mayor. A Margaret le encanta el pique, los 'sweetcorn fritters' -unas tortillitas de masa con chili y maíz- y el café. Siempre se toma un espresso después de cada comida. La verdad es que, para que os hagáis una idea, de cara se parece bastante a la señora del dibujo... Margaret nunca deja propina pero siempre quiere que la atienda yo y, ahora que nada más que estoy dos días a la  semana currando en el spa, ha confesado que me echa de menos. Me quiera más o menos, la cosa es que siempre me coge del brazo cuando se despide. A modo de abuela...

No es la única que lo hace. Al spa viene muy de vez en cuando una señora mayor hindú, que siempre viste con sari. Cuando viene, lo hace para comprar dulces para sus nietos en torno a las cuatro de la tarde. Aunque nunca trae demasiado dinero y trata de chantajearme emocionalmente para que le regale algo. Y siempre, siempre, mientras me habla -aunque su inglés no se entiende demasiado bien- hay un momento en que se acerca y me coge el brazo para continuar hablando en modo abuela-nieta. Es algo muy de abuela, ahora que lo pienso, eso de cogerte del brazo y hablar contigo muy de cerca mientras te van dando leves golpecitos a tu brazo retenido. Ya puedes dar por perdido tu brazo por un rato, da igual que tengas prisa o no. De hecho, esta señora siempre viene cuando me quedan en torno a quince minutos para irme -lo que significa que estoy limpiando la cocina y la máquina de café a la velocidad del rayo-... Ella nunca parece notarlo.

En el nuevo trabajo me he topado con un montón de señoras adorables, o entrañables, como queráis llamarlas. -De lo que hablo, al fin y al cabo son de esas ancianitas dulces y entrañables de dibujitos o cuentos-. Pero si tengo que destacar a una de entre todas, os hablaría de una señora que vino como hará dos semanas. Me marcó, precisamente, por esa cercanía y esa forma de tratarme como a una nieta. Podríamos describir a esta mujer como toda una madame de origen francés -su marcado acento la delató en cuanto abrió la boca- venida a menos, ya que tenía un aspecto bastante descuidado. El caso es que me preguntó por una sección determinada, le indiqué el camino, me dio las gracias muy amablemente y, como una hora después, me la volví a encontrar algo perdida. Esta vez buscaba los ascensores. De hecho, estaba exhausta, la mujer. Como andaba encorvada y requería de un gran esfuerzo para desplazarse, me ofrecí a llevarla hasta el ascensor y... por supuesto, en seguida se enganchó a mi brazo. En ese momento, sí que me acordé de mi abuela Cloti... -Eso de andar con ella del brazo...- En fin, sin venir a cuento, la mujer me dio un gran consejo. Me hizo mucha gracia en el momento, más que nada porque fue de repente. Me dijo: "Querida, voy a compartir contigo un consejo que ojalá me hubieran dado a tu edad" -me quedé perpleja- y añadió como si me hablara en francés: "observe". Por un segundo -yo y mis cosas- me pensé que la mujer iba a hacer algo que yo debía observar, pero no. Continuó hablando: "Donde quiera que vayas y lo que sea que quieras hacer, primero de todo: observe y presta atención. La vida es mucho más fácil de lo que parece. Sólo hay que ser paciente, observar y actuar en consecuencia". En ese momento, llegó el ascensor y la mujer se fue diciendo adios con la mano efusivamente. Y yo... aún sigo perpleja.

Después de estos ejemplos de viejitas adorables -entre las que podría incluir a mi profesora de inglés que, aunque no sea tan tan mayor está arrugada como tal; eso sí, es la más moderna del mundo y lleva su melena naranja, maquillaje con brillo y ropa de moda-, toca hablar de esas otras ancianitas que tiran más bien a la vieja loca de los gatos que sale esporádicamente en los Simpsons -parece que últimamente estos personajillos amarillos están en todas partes-. Es aquí donde vuelvo al principio de la historia, a las primeras líneas del 'post', donde os hablaba de una situación graciosa y desagradable. El caso es que esta anciana se parecía bastante a la de los Simpsons, así os podéis imaginar mejor la escena:

Día 'off' para Javi y para mí. A medio día vamos con Ana -'flatmate'- al supermercado para que la nevera dejara de dar pena. A la vuelta, nos paramos en los locales de debajo de casa para comprar un pollo asado -no el típico que compras en Spain, era estilo moruno pero estaba riquísimo- en la carnicería 'paki'. Después, Javi decide entrar en el 'paki' de al lado a comprar un refresco. Ana y yo nos quedamos fuera. Y en la puerta del 'paki' está ella: la vieja loca de los gatos. Igual de despeinada y sucia pero sin gatos, eso sí. La señora le gritaba indicaciones a alguien dentro de la tienda. De repente, se gira hacia mí y me doy cuenta: tiene una vela de moco -tremendamente larga, he de añadir- colgando de la nariz. No pude evitar reirme y contárselo a Ana. Imaginaos: las dos tratando de aguantar el tipo esperando a Javi y viendo como cada ser que salía de la tienda y se encontraba con dicha escena no podía evitar sonreir o poner cara de asco. Pero ella seguía a lo suyo, a grito pelado dando indicaciones -se ve que, quien quiera que fuera la otra persona, tampoco daba para mucho...-. Y nosotras aguantando el tipo... Y la vela también. Que cayó finalmente, pero en cuestión de dos segundos se reprodujo... Lo mejor de todo fue que, no sé cómo, Javi no se dio cuenta al salir. Debió ser el único...

4 comentarios:

  1. Jajajaja, madre que asco lo de la vela por favor!!!!!!!!!!!!
    Sí, totalmente de acuerdo, se ve cada caso por aquí!!!!!!!!!!!
    Bss guapa

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    Respuestas
    1. Pues sí, y eso que sólo hablo de viejitas. Si hablara de todo... jejejeje!
      Un besazooo!

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  2. Soy compañera de trabajo de tu madre y me ha gustado mucho tu forma de escribir. Espero que sigas con ese entusiasmo y disfrutando de tus días en Londres, ciudad que no conozco y me gustaría, de momento la descubriré a través de tus escritos.

    Un saludo desde Málaga y mucha suerte en esta aventura....

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    1. Hola Susana, encantada de conocerte!!!! Por lo que veo eres una súper bloguera! Espero verte por aquí y muchas gracias por us ánimos!

      Un beso!

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