jueves, 17 de enero de 2013

Sexo en London

London tiene cosas maravillosas. Y eso que me queda mucho por descubrir. Es una ciudad que puede enamorarte o a la que puedes llegar a odiar. Demasiada gente, demasiada prisa, demasiado grande, demasiado cara... STOP. Hay días en que te olvidas de lo bonita que es y de la cantidad de rincones alucinantes que te ofrece. Supongo que es lo que pasa con todas las grandes ciudades. Tienes todo  un mundo de posibilidades de ocio, cultura y diversión. El problema viene cuando trabajar en el sector servicios -con los salarios más bajos de la ciudad- te lleva al cansancio continuo y/o no te deja tiempo para vida social y/o de ocio.

Ahora que andamos en la búsqueda de un nuevo hogar -habríamos empezado unos días antes pero una reacción alérgica me ha mantenido dos días sin salir de casa- descubres nuevas zonas y nuevos barrios que, incluso estando cerca del tuyo, no sabías nada de ellos salvo que estaban ahí. Zonas cargadas de historia, parques y secretos. Por poner un ejemplo, investigando sobre Kensal Green -barrio que se remonta al año 1253- me he enterado de que su principal biblioteca, que por cierto tratan de demoler, fue inaugurada en 1900 por el mismísimo Mark Twain -autor de Las aventuras de Tom Sawyer-. Y es que, sin duda, sus monumentos no lo son todo. London tiene mucho más que ver y disfrutar. Una ciudad rica donde las haya, y no sólo por el dinero que gastan los 'londoners'... Aquí se mueve mucho dinero. A pesar de que hablen de crisis y de recesión. Para mí, como española y supongo que algo marcada por la situación del país, aquí se mueve mucho, muchísimo, dinero. Sus más de ocho millones de habitantes, que suman entre doce y catorce contando su área metropolitana, disfrutan del metro más antiguo del mundo, el cual cumplió ciento cincuenta años hace unos días. Ahí no acaba la cosa... Al hablar de tanta gente, es obligatorio hablar de acentos. Yo aún no los distingo, como era de esperar, pero los 'londoners' pueden distinguir tanto al que viene del este de Londres -el acento más odiado, conocido como 'cockney'- como al que viene del oeste, del norte o del sur.

En fin, en esta ciudad pasan cosas maravillosas y de lo más divertidas cuando menos te lo esperas. En su día no os lo conté pero sabía que llegaría el día en que lo hiciera... Todo empezó cuando algunas de mis compañeras de John Lewis y yo decidimos quedar a tomar algo un día cualquiera. Y así fue como nos vimos merodeando por Carnaby Street una chica morena de pelo largo de West London, aunque de origen heleno, una rubia de belleza angelical de Atenas, una joven siempre peinada a la perfección de Leeds -cuyo acento me cuesta la vida entender- y yo. ¿Dónde me llevaron? A Aqua, un restaurante japonés con un bar de lo más popular a la par que caro y pijo. Caro para nosotras, pero podría haber sido muchísimo más. Nada más entrar noté que se trataría de una noche al más puro estilo 'Sexo en Nueva York', una de mis series de televisión favorita de todos los tiempos. Había que coger un ascensor  y cuando llegamos a la planta de arriba todo era tan oscuro que resultaba algo incómodo. Todo el mundo iba muy arreglado, nosotras... a medias. Recepcionistas por todas partes, mucho personal enchaquetado, mucho tacón... Y yo con mis botas y mi mochila de Accesorize...



Y llegó la hora de pedir... Eran las siete de la tarde, más o menos, y allí estábamos nosotras, como otras decenas de 'londoners', dispuestas a tomarnos una copa. La carta de Aqua es únicamente de vinos y cócteles. Imagino que tendrán más cosas, evidentemente. Pero bastante desentonaba ya con mi mochila como para pedir una cerveza y beber de botellín o aparecer con una súper pinta... Así pues, un cóctel. ¿Cómo elegir? Busqué los que llevaban ginebra. Tina, que ya había estado allí, se pidió uno que venía en vaso de tubo aunque algo más ancho. Mi compi Ella pidió un vaso de vino tinto y Gaby se pidió uno, de no recuerdo qué, que resultó ser servido en una de esas glamourosas copas donde se sirven los 'Cosmopolitan'. Y yo... me pedí un cóctel que tenía una pinta excelente debido a su exquisita mezcla de sabores pero que... nunca imaginé cómo me lo servirían. Después de esperar y esperar, a pesar de haber pedido en segundo lugar -su complicada elaboración hizo que me lo sirvieran el último- vi en la barra la chic y lujosa copa de Gaby -que en un principio pensé mía- y un jarroncito de barro marrón y feucho junto con un vaso de chupito a su lado -en su interior, un lujoso palillo con una uva, un trocito de queso y otro de membrillo, pinchados-. Mi cara fue un poema. De modo que £11,50 para eso... Ah no, £12,94 con el IVA. En fin, así comenzaron las primeras risas de la noche: con mi cara. 

Después vinieron muchas más, lo que hizo que mereciera la pena el precio que pagué. Y es que por una vez... Qué queréis que os diga. Lo bonito que era todo, lo lujoso, moderno, elegante, glamouroso... Cuatro chicas, conversaciones interesantes y muchas, muchas risas. Muy 'Sexo en Nueva York' todo. ¿Para cuánto dio la copa? Además de para las risas, para unos seis chupitos. Los dos primeros de golpe, los demás poco a poco, que tampoco era plan. Y después, las cuatro nos fuimos a casa prometiendo repetir pronto. Eso sí, estaba claro que no todo podía ser tan perfecto y estiloso. Camino a casa, tras salir del metro, tropecé y me doblé el pie derecho... La sensación de dolor, el ridículo y la cojera hicieron que ese atisbo de 'Sexo en Nueva York' se esfumara en una milésima de segundo. ¡Mi sonrisa sí que continuó!

2 comentarios:

  1. Jajaja, eso para que valores lo que las chicas de SATC hacían cada vez que tenían que salir de cócteles, que sacrificio!!!
    Un besazo

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  2. Además de verdad! Y ya si pensamos en los taconazos que llevaban... jejeje.

    Un beso, guapa!

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